sábado, 19 de mayo de 2012

El Paguarsa II y su capitán, Playa Bonita, Quequén.


Lo descubrimos sin querer, sin siquiera habernos propuesto descubrir nada. Habíamos decidido irnos unos días a Necochea para tomar distancia de algunas preocupaciones. (Vaya si lo logramos). El paisaje se nos ofrecía como un cuadro único, pintado por la mismísima naturaleza para nosotros. Nos sentíamos el primer hombre y la primera mujer en un paraíso acariciado por un viento fresco, transportando el gemido de las olas al romper en la playa. En este éxtasis estábamos cuando lo descubrimos. La espuma adherida a su cuerpo parecía mimarlo, mientras un nubarrón de aves desplegaba sus alas hacia un cielo omnipotente a cada golpe de ola. Luego giraba como en una danza ritual, para volver a posarse una y otra vez, como fiel enamorada que siempre regresa al lecho de su amante. 
 
Javier fue el primero en salir del estupor “¡Mirá ese barco!” -gritó. De sus ojos se desprendió un destello tejido de maravilla y asombro. Descubrí, en aquella mirada, toda su niñez, y su infinito amor por los barcos. No hizo falta que le dijera nada, ya había estacionado el auto a un costado del camino y apagado el motor. Antes de bajarnos, acarició muy suave mi mejilla, invitándome a entrar en su mundo, oculto detrás de las trivialidades.
El barco estaba encallado. Sobre los laterales de la proa podía leerse su nombre deshaciéndose en herrumbre: “Paguarsa”. 


Javier estaba atónito, y yo hacía preguntas sin sentido, sin respuestas.
En ese desértico lugar, el silencio era quebrado sólo por el rumor del mar, el canto del viento agudo y, torpes, nuestras voces. Esa fue la razón por la que nos sorprendimos tanto al escuchar, a unos metros de nosotros:
-Buenos días viejo amigo. Parece que hoy tienes visitas -dijo un hombre dirigiéndose al barco. 
Sus cabellos largos y desteñidos, pendían como suaves restos de una seda que se resiste a ceder su espacio. Su acento lo delataba extranjero.


-Discúlpenos, no somos de aquí. Quedamos maravillados con este barco y nos detuvimos para verlo de cerca- comentó Javier. -¿Usted sabe cómo llegó hasta aquí?
Los ojos del anciano se bañaron de nostalgia, mientras su mirada se proyectó hacia el infinito, atravesando la vastedad del mar de una sola pasada. 
-Claro que lo sé, yo mismo lo conduje hasta aquí. Aunque a veces me pregunto si no fue él mi conductor. 


-¿Vinieron desde muy lejos? –interrumpí con mi curiosidad.
-Hijita, lejos o cerca, lo mismo da. Yo era su capitán. Hemos andado mucho juntos pero, sobre todo, fuimos dichosos en el mar. Sin embargo un día, alguien resuelve que te volviste viejo. Sentenciaron a mi barco a ser reducido como chatarra y resolví rescatarlo, sin más brújula que el capricho de las corrientes. Después de todo, ¿quién mejor que el mar para decidir la suerte de un barco y su capitán? Y, si hubiésemos de morir, que fuera navegando. Así fue como, con el último aliento del Paguarsa, llegamos aquí. ¿Hechizados por la seducción de aquel faro? ¿Guiados por los designios de la naturaleza? Serán interrogantes que quedarán suspendidos en el tiempo. 

Tal vez algún escritor le invente una historia. Lo cierto es que, a partir de entonces, el viento se ha convertido en nuestro mensajero. Cada día he venido a esta playa. He notado cómo su cuerpo va desmoronándose sin remedio sobre su flanco izquierdo. Poco a poco. Sin retorno. 
Nuestra intimidad no duró mucho tiempo. Una tarde, comenzaron a llegar ellas. Al principio no eran muchas, sin embargo, cada día un poco más de aquellos insolentes cuerpecitos con alas, iban llegando para posarse en el mástil. Con el transcurrir del tiempo, fueron tomando confianza y empezaron a ocupar más y más espacios. Ahora parece no existir un sólo rincón vacío en el barco. A veces son tantas, que me pregunto si no estarán muy apretadas. Bah, cosas de viejo. Ellas, las dueñas del cielo, no tenían un lugar donde descansar sin ser amenazadas por la maldad del hombre. Quizás parezca una ironía de la vida, lo cierto es que el Paguarsa se ha convertido en el verdadero asilo de las aves. 
Existe un tiempo, queridos jóvenes, en que es necesario desandar el camino y creer, creer con mucha fuerza. El resultado pueden verlo aquí mismo, lo tienen frente a sus ojos.
El viejo recogió un palo que estaba sobre la arena, se afirmó sobre él y desapareció en el camino, con un andar lento. Sus huellas dibujaban nuevos senderos de misterio y esperanza.
El viento había cesado. Las aves ya no se levantaron. 


Sobre las espaldas del Paguarsa, el cielo comenzaba a desangrarse.
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El asilo de las aves

Liliana Tosín



El asilo de las Aves



domingo, 6 de mayo de 2012

Santa Rosa de Calamuchita y Cumbrecita



Santa Rosa de Calamuchita.











La Cumbrecita





















Fritz en Córdoba



Cabañas Cerro Blanco, Córdoba (a 18 km. de Tanti).








Aficionados al automovilismo.
Grupo "Silvestre"

Pernoctó en las Sierras, a 1700 mts de altura, a unos 3 º Centígrados, 
en medio de las nubes,  tiritando, comiendo un suculento asado, 
en espera de la largada del 10º Prime del Rally (Mataderos -Ambul)

Hugo

Andrés


Guillermo


Marcelo, Andrés y Gullermo .



Amanecer en las sierras.

El amanecer nos mostró a las nubes cubriendo la ciudad de Carlos Paz.





Puntualmente aparecieron los primeros corredores.
Al elegir el lugar para acechar el paso de los autos, no tomamos en cuenta 
la posición muy baja del sol. Por ese motivo estas imágenes fueron corregidas.







Con el sol en mejor posición registramos el paso de algunos corredores.




Aficionados al Automovilismo.
Grupo "Troglodita"



Mientras los "Silvestres" tiritaban en los cerros, los "Trogloditas" luchaban por conseguir dos chivos más para la cena. 
He aquí algunos de sus miembros.